Libreta de racionamiento 2.0, por Alejandro Armas

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La situación de Venezuela es de una gravedad tal que no amerita disimulo. Para seguir atornillado en el poder, con todos los sabrosos privilegios que este implica, el chavismo eligió el método más despiadado: el empobrecimiento de la población combinado con la dependencia del Estado para siquiera comer. La carnetización de los “beneficiarios” (si se puede usar ese término para algo tan oprobioso) de los CLAP, que pudiera ser uno de los mecanismos de control social más perversos que se hayan visto en todo el mundo, comenzará en semana y media.

Las órdenes de Maduro son claras: todos los que reciban la patética bolsa de comida o reciban los servicios de las misiones tendrán que portar su “Carnet de la Patria”. Pero además, los integrantes de las UBCh, células locales del PSUV, están igualmente obligados tener la tarjeta. Eso significa que los encargados de estas políticas sociales podrán saber si sus destinatarios son militantes registrados del oficialismo, o no. Dado el historial de tolerancia a la diversidad de pensamiento de estos revolucionarios, pocas personas estarán tentadas a asegurar que esta nueva realidad no se prestará para una discriminación abominable. Tan solo considere que la encargada de realizar la carnetización será la ministra Érika Farías, cuyo fanatismo por la praxis castrista del marxismo-leninismo es público y notorio. Hace unos meses afirmó que “en los CLAP no puede haber escuálidos”.

Desde que estos comités de abastecimiento fueron creados, los medios independientes han recogido varias denuncias de exclusión de opositores. El Carnet de la Patria solo facilitará las cosas en ese sentido. Añada a eso la instrucción presidencial de que el “poder popular organizado” (expresión pomposa para intentar disimular el control del PSUV sobre entidades políticas y económicas locales públicas) cree una red de inteligencia junto con organismos de seguridad del Estado pero realmente al servicio del oficialismo. Mientras, el Sebin, ente adscrito a la Vicepresidencia de la República, formalmente rendirá cuentas a Tareck El Aissami, uno de los dirigentes más visiblemente intolerantes a la disidencia. Saque usted sus conclusiones. Con todo esto es mucho más fácil evitar cualquier esfuerzo hacia la organización de cualquier protesta contra el Gobierno. ¿Quién sabe? A lo mejor así a la dirigencia chavista le va bien en una elección a pesar del rechazo enormemente mayoritario que los ciudadanos profesan hacia ella. En Del espíritu de las leyes, Montesquieu identifica el terror de las masas como el fundamento principal de los despotismos.

Volviendo a los CLAP, es indispensable tener en cuenta que, a pesar de su nombre, son más bien una especie de sistema de racionamiento de comida y otros productos básicos. El Carnet de la Patria viene a ser algo así como su libreta, en versión 2.0. ¿Una libreta de racionamiento no les suena parecido a lo que hay en cierta isla del Caribe?

Ese cuadernito que en Cuba ya tiene 50 años en manos de cada familia nació en julio de 1963 por orden de Fidel Castro. Como en Venezuela hoy, su creación obedeció a razones que para el observador ingenuo pudieran parecer coyunturales, lo que implicaría una duración relativamente corta de la medida. El hecho es que dos años antes Castro proclamó el carácter marxista-leninista de su revolución. El Che Guevara se convirtió en zar de la economía cubana como presidente del Banco Central y ministro tanto de Finanzas como de Industrias. Desde estas posiciones emprendió la colectivización fugaz de los medios de producción y realizó sus fracasados experimentos de generación del “hombre nuevo”, desprendido de cualquier egoísmo y eficiente como ninguno en la producción.

Por supuesto, según el relato oficial que salió de aquellas bocas rodeadas de marañas de largos pelos, nada de eso tenía que ver con el desabastecimiento. La culpa la tenían otros. Así que, para “proteger al pueblo contra el acaparamiento y la especulación” (pocas cosas son realmente originales en el chavismo, como pueden ver), apareció la libreta.

Se terminó la década de los 60, pasaron los 70, los 80, los 90 y así… La libreta sigue vivita y coleando. Raúl Castro, ya presidente, dijo en 2011 que debía ser eliminada lo antes posible. “Se ha venido convirtiendo, con los años, en una carga insoportable para la economía y en un desestímulo al trabajo, además de generar ilegalidades diversas en la sociedad”, dijo entonces. Subsidiar la venta arroz, azúcar, pan, huevos y café, entre otros, es un gasto multimillonario para el Estado cubano.

Seis años después del exhorto del comandante Raúl, no se ha eliminado la libreta. ¿Por qué ha durado tantos años? En primer lugar, porque la economía en Cuba nunca ha dejado de ser sumamente improductiva y dependiente de las importaciones. La fantasía de una autarquía de abundancia no se cumplió, ni con la “zafra de los 10 millones” ni después. El racionamiento sigue siendo una necesidad. En segundo lugar, se mantiene su conveniencia como método de control social.

La isla siempre ha sido el principal referente del chavismo, el modelo a seguir. Esta no es la excepción. De Maduro, quien vivió en Cuba entre 1986 y 1987 para recibir formación política comunista, no podía esperarse un viraje que alejara a Venezuela del espejo habanero. Con solo un año en Miraflores trajo para acá a Orlando Borrego, uno de los pupilos del Che en materia económica, para que fuera su asesor y lo ayudara a realizar “una revolución total”.

¿Cómo extrañarse ahora por los CLAP y el Carnet de la Patria? Alguien pudiera decir que, a diferencia de Cuba, el racionamiento en Venezuela solo es para los pobres. Cierto, pero además de que este sería un consuelo bastante egoísta, se debe tener en cuenta de que si algo está creciendo en Venezuela es la pobreza. La clase media se reduce a un ritmo alarmante porque cada vez menos gente puede costear la Canasta Básica Familiar. Y todo el que caiga en esta situación se vuelve apto para tener su Carnet de la Patria.

Lo más triste es que mientras el Gobierno insiste con que el problema es de distribución, no hay suficiente comida en el país para que todo venezolano tenga una dieta decente. Esa realidad no la va a cambiar el hecho de que 40% o 60% de la población esté carnetizada y recurra a los CLAP. El resultado ya está a la vista: montones de venezolanos comiendo de la basura y cada vez más reportes en la prensa libre sobre muertes por problemas asociados con la desnutrición.

Tener a un creciente número de personas con el estómago crónicamente vacío puede ser un problema para la estabilidad de cualquier gobierno. Los mismos cubanos lo saben. Nunca se oye de manifestaciones grandes contra las autoridades en la isla. Pero durante unos días en 1994 hubo una excepción. El país estaba en pleno “período especial”, cuando la desaparición del bloque soviético lo dejó sin sus principales proveedores. El resultado fue una escasez de productos que ningún racionamiento pudo disimular. El hambre se sintió en miles de cubanos, y con ella, la furia. Súbitamente una multitud se concentró en el emblemático Malecón de La Habana y comenzó a manifestar contra el gobierno y el socialismo. La protesta dio lugar a saqueos. Aunque las fuerzas de seguridad pudieron controlar la situación, fueron los disturbios más graves desde el triunfo de la revolución.

Para que los CLAP funcionen como el Gobierno quiere, necesitan mucha más comida. Ello explica las ansias de Maduro por una subida del precio del petróleo. Más dólares para importar, más alimentos para repartir. Porque no hay razones para creer que un sistema económico improductivo dondequiera que se haya implementado dé frutos mejores acá. Con o sin suficiente comida, el ideal oficial es un país de mendigos.
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